Intrepid yes
Un fragmento de Morir en Sri Lanka, novela finalista del Premio Herralde 2014. La edición definitiva se publicó en septiembre de 2020.
Seré breve.
“Miremos la negrura”.
Escritor acaba de enterarse de la muerte de David Markson.
Triste, pero no tanto. ¿Por qué habría de estarlo? Supone que llega un momento en que las muertes no entristecen. ¿Consuelan? ¿Alegran?
¿Será posible que la muerte de alguien alegre a otro alguien?
De todo se ve en la viña del Señor. Hasta uvas.
Plutarco escribió un tratado sobre la curiosidad.
Dicen las noticias de hoy que en Argentina acaba de salir un nuevo tipo de vino.
Dicen tantas cosas. Las noticias, digo.
Homero murió de rabia porque no pudo resolver una adivinanza.
Hablan de protestas, de muertes, de contratos millonarios.
Escritor acaba de enterarse de la muerte de María Schneider.
La noticia de la muerte de Markson la conoció ayer, a pesar de que ocurrió hace más de seis meses.
La noticia de la muerte de María Schneider la acaba de conocer, cuando se dio una vuelta por los portales electrónicos de noticias.
Tan linda, María Schneider.
Esa noticia sí me da tristeza. Creo. No podría asegurarlo.
Mucha gente se está muriendo.
“Que me den un calmante…”. Las últimas palabras de Florencio.
Yo mismo, pensándolo bien.
Me pregunto si me alcanzará el tiempo. Debo apurarme.
La nota que habla de la muerte de María es infame.
La muerte de María.
“Tiene la edad en que murió la Virgen”, cito de memoria. Pequeña joya del insomne.
María murió jugando.
María, mi abuela; no María Schneider. Bueno, no sé si María Schneider murió jugando.
María, mi abuela, sí. Murió jugando. Quiero decir que la muerte la encontró jugando. Podría decirse que murió de la emoción. Jugaba a esconderse de mi hermano. Mi hermano tenía tres o cuatro años. Quizá sólo eran dos. Tenía edad suficiente para jugar a las escondidas y divertirse con eso. Me parece verla. María escondida detrás de una puerta, donde la muerte fue a buscarla. La encontró primero que mi hermano. Pasó varios días en un hospital. Tal vez sólo fueron horas. Pero todo empezó allá detrás de la puerta. El dolor de cabeza, la sangre derramada en algún lado del cerebro. Yo tendría nueve años.
Mis abuelas se llamaban María. Las dos. María sola y María Carina.
Nunca supe por qué María Carina prefería que la llamaran Maruja. Sonaba como María Bruja. Como si ella misma se despreciara.
“Los hombres se odian por naturaleza unos a otros”, dijo Pascal. Le faltó decir que se odian a sí mismos.
Tenía fama desde chiquita. María Carina, digo. Cualquier rastrojo era propicio. Iba caminando con sus hermanos más pequeños y, si se encontraban con alguno, les decía a los niños que la esperaran un momento y se desaparecía entre los arbustos.
Al rato aparecía.
La historia nos la contó uno de esos hermanos de María. Nos la contó a Ofelia y a mí. Poco antes de morirse. El hermano de Ofelia y de María, digo.
Ofelia también era hermana de María, pero mucho más pequeña. ¿Sigue uno siendo hermano de los que ya están muertos?
Ofelia no recordaba las desapariciones de María. Casi era contemporánea de mi padre. Ofelia, digo. Se criaron como hermanos. Pero Ofelia era tía de mi padre. Las historias eran otras.
Hay una que define de un plumazo al vendedor de fantasías. Mi padre era el vendedor de fantasías. Después, digo. En aquel tiempo sólo era un niño.
Los adultos dejaron a los niños a cargo de los mayorcitos. ¿Vaya uno a saber para dónde irían?
Vivían en un caserío perdido en las montañas.
El nombre del caserío era también un anagrama.
Ahora que lo pienso, debió ser algo unánime. Lo que alejó a los adultos, digo. Pudo ser un funeral. En fin, de ese muerto no nos queda ni su nombre.
Y los niños que cuidaban a los más pequeñitos decidieron hacer un sancocho de gallina.
Para hacer sancocho de gallina se necesita por lo menos una gallina.
En aquel tiempo las gallinas estaban vivas.
Quiero decir que vivían con la gente, que eran como de la familia.
No dejen que me olvide de contarles la historia de la prima que me comí.
Ignoro cuántas tenían. Gallinas, digo. Supongo que eran varias.
Así que los chicos decidieron matar una gallina e inventar una historia o fingir ignorancia si al regreso los padres notaban que faltaba la gallina.
Supongo que era posible que no lo notaran de inmediato, que al final el asunto fuera uno de tantos misterios sin resolver.
Como el de la Virgen que se le apareció a mi bisabuelo, el padre de María sola.
Pero volvamos a la familia del vendedor de fantasías.
El padre de esos chicos –de algunos de ellos, digo, porque los otros eran nietos– era experto en historias difíciles de creer.
Tenía un nombre que ya nadie tiene. Nepomuceno. Pero todos lo llamaban Nepo.
No dejen que me olvide de contarles la historia del gigante o la de los caníbales.
También, la de la Virgen. Pero esa fue con otro bisabuelo.
¿O ya la conté?
Me molesta la gente que les dice a los otros que no la dejen olvidar de algo. Lo esclavizan a uno sin dárseles nada. La exterminadora era experta en eso.
Pero, en fin, volvamos a la gallina.
Los hijos más pequeños y los nietos más grandes –que casi eran contemporáneos– disfrutaron de lo lindo ese sancocho de gallina.
Al menorcito de todos, el vendedor de fantasías, le dijeron que no contara nada.
¡Ssschiiito! Callado. No ha pasado nada.
Yo le pongo cuatro o, si mucho, cinco añitos.
Entonces llegaron los adultos y el pequeño salió a recibirlos con la explicación no pedida: “Ni comimos gallina, ni nada. Ni enterramos las plumas, ni nada”.
Con el tiempo llega uno a entender con claridad desconcertante ciertas cosas.
Como que la inocencia es siempre incómoda.
Es el tema de El Idiota. La novela de Dostoievski, digo.
María, la otra, la que murió jugando, era miedo, terror de la vida.
He heredado parte de ese estremecimiento.
Infame, la nota. El obituario de María Schneider, digo.
Si ya está perdido, qué podrá esperarse.
Hagamos un trato. ¿Por qué no se marcha? Déjele estas cosas a gente con ganas.
Después de hablar de una larga enfermedad y de recordar su papel en la película con Brando, concluye diciendo que será recordada por la escena de la mantequilla.
“¡Up yours!”, autor de la nota. Esas son las cosas que me embejucan. Resumir una vida con la única escena de la película que conmovió el morbo del reportero.
Una lengua me devora y no le ofrezco resistencia.
“Aprenda inglés para que sea alguien en la vida”.
Notwithstanding, wherewithal, eleemosynary. Una lengua no alcanza.
Si está de ánimo para aceptar consejos, abra este asunto en cualquier parte y lea un rato. La historia toda es bastante simple: Érase que se era un pobre hombre que sabía que se iba a morir en Sri Lanka.
Son los catorce años de su viaje.
Nothing else. The rest is silence.
Solos todos. Cada uno está ocupado con su infierno personal. Consolados por ficciones: el amor, las anécdotas del clan, las noticias, la Historia, el mundo, la nación.
Mejor empiezo a contar lo que ocurrió cuando conocí la noticia de la muerte de Markson. Fue ayer… No la muerte, el conocimiento que tuve de la noticia.
¿Les ha ocurrido?, ¿qué se enteran de una muerte mucho tiempo después de que ha ocurrido? Anoche mismo Gilberto hablaba del asunto. No propiamente del asunto, pero de algo relacionado.
Gilberto es un amigo. Es el tipo más divertido de este mundo.
“El periodismo consiste, en buena parte, en informar que ‘ha muerto Lord Jim’ a quienes nunca supieron que estuvo vivo”, decía Gilberto. Es cierto, no tenía idea de que Lord Jim hubiera nacido. ¿Será que Conrad…? No creo.
“Recuerdo que entonces robé el lema del New York Times y me juré apuntar todo lo que fuera digno de ser apuntado”. Una de Carr.
Carr es otro buen amigo.
“Pay no attention to the criticism of men who have never themselves written a notable work”, sostiene don Ezra.
Pero sí sabía quién era María Schneider y lo que menos se me habría ocurrido pensar era que la recordaría por la escena de la mantequilla.
También sabía quién era Markson.
Carlyle tuvo que escribir dos veces la Historia de la Revolución Francesa. Le había prestado el manuscrito a un vecino y la criada del vecino utilizó el papel para encender el fogón de la cocina.
Catorce años duró el viaje de Fa Hsien por esos lados. Entonces –siglo quinto– la isla no se llamaba Sri Lanka.
Me gustaría contar lo que hice ayer, lo que pensé ayer, después de conocer la noticia de la muerte de Markson. Pero tengo que bañarme. Tengo que trabajar hoy. Vuelvo al mundo después de un día y medio enclaustrado por la nieve.
Me gustaría hablar de las cosas que hago en el mundo. “El mundo es ancho y ajeno”, buen título para un libro. Tanto, que el libro resulta innecesario.
“Nearly all people I have ever met would agree to the general proposition that we need this life of practical romance; the combination of something that is strange with something that is secure. We need so to view the world as to combine an idea of wonder and an idea of welcome.” Sostiene Gilberto.
Debo bañarme. Anoche, a miles de kilómetros de aquí, una mujer empezó a desnudarse frente a una cámara para que yo la mirara.
Pero entonces ocurrió aquella absurda discusión.
No llegó muy lejos… el desnudamiento, digo. Tampoco la discusión.
Decidí que cada uno se fuera a dormir. Me sentía cansado, aburrido de sus combates verbales y, además, hoy tenía que trabajar.
Tengo. Ya es hora de que me bañe y me asome al mundo. Quizá esta noche siga con este asunto. Si no llego muy cansado. Nunca se sabe.
A lo mejor me muera en el transcurso del día.
Y la noticia saldrá en las noticias.
Vivo en un pueblo tan pequeño que la noticia de mi muerte puede llegar a las noticias. “Otro Lord Jim ha muerto”. Cosas así. Un resbalón en el hielo, por ejemplo.
¿Se han preguntado cómo morirán? Yo sí. Pero siempre me queda la sensación de que, por mucho que imagine, no doy con la que es. La forma, digo.
Bueno, con la que es tampoco doy.
Aunque hoy la mujer que se pensaba desnudar me ha hecho llegar una carta en la que me expresa su confianza en que un día daré con la que es. Que ella no es.
Un día concebí un libro titulado: De distintas maneras de morir. Una especie de inventario de muertes raras.
La de Metrocles era joya de la que me vanagloriaba.
I have to give them some kind of solution… Otherwise, I will have revolution.
Se me ocurren dos o tres ideas para libros cada día. No me alcanzaría la vida para escribirlos, por muy larga que fuera.
Siempre estoy citando a la Celestina: “No hay nadie tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan joven que no pueda morir mañana”.
Cervantes pone esa frase en la boca de la alcahueta de “El coloquio de los perros”. La primera mitad de la frase, aclaro. La segunda queda implícita, como en The Untold Story.
Mary Gossy se emocionó cuando hice ese hallazgo. Mary Gossy escribió un libro que se llama The Untold Story.
Otra María. Muy mariana la cosa.
Mary Gossy es uno de los ángeles celestiales con quienes me he cruzado en esta vida. Puedo decir que he sido uno de los pocos hombres –quizá el único– que condujo a Mary Gossy a algo que podría llamarse orgasmo.
Intelectual, digo. Después de leer mi ensayo sobre la picaresca, Mary exclamó emocionada… Por ahí anda en algún lado. No me dejen olvidar de buscar lo que Mary Gossy exclamó llena de goce.
Tan linda, Mary.
“Jesúuuuuss. Dónde estará ese culicagado”.
“Había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas”, decía Carr.
Ziska legó su pellejo para que fuera usado como tambor y así inspirar el valor de los bohemios.
Alguna vez sufrí una infatuación por culpa de una bohemia. Su nombre era Gina Kruel.
¿De qué les hablaba? Ah, sí, que se me ocurren ideas para libros todo el tiempo.
Uno se llamaba De distintas maneras de morir. Muertes raras. Pero al poco tiempo Marcos me hizo saber que la idea ya había dado lugar a una serie de televisión.
En fin. Siempre he vivido con el temor de que alguien descubra la historia de Fa Hsien y me la quite. Pero el temor no ha conseguido que me apure.
En el fondo del libro sobre las muertes están las preguntas que todos se hacen sobre sus propias muertes. ¿Cuándo? Qué fecha, qué estación, qué día y hora.
¿Por qué nadie se ha tomado la molestia de averiguar si César Vallejo murió un jueves?, ¿si caía un aguacero? Ya vengo.
“Jueeeves”, jadeaba Jazmín cabalgando la dicha.
Viernes 15 de abril de 1938. Quizá la agonía empezó el día anterior y los húmeros se le pusieron a la peor.
Lo del día me ha interesado mucho. No sé por qué. Supongo que no es lo mismo morir un martes que un sábado. Pero también las circunstancias.
Si Virgilio vio cumplido su deseo de morir en un abrazo. Ovidio, digo. Siempre me confundo.
Ovidio alcanzó a vislumbrar a Virgilio. Era una celebridad. Virgilio, digo. Cuando las multitudes lo acosaban, tenía que esconderse en casas de desconocidos.
Y eso que la Eneida fue póstuma.
La escena de la Eneida donde la esposa muerta le promete al guerrero que encontrará otra esposa. Siendo Lavinia el nombre de esa nueva esposa.
Uno de los libros que he querido escribir se llama El camino del éxito.
No es un libro de autosuperación. Gilberto no me lo perdonaría. Aunque tanto él como yo hemos cometido el pecadillo.
Él, Gilberto, con ese hombre que ríe después de haber subido una montaña.
Y me pregunto por qué casi nadie ha visto la correspondencia con la última línea del ensayo de Camus, digo. Donde otro hombre está feliz después de haber subido una montaña.
Lo de El camino del éxito viene de un ensayo que escribió una chica muy inteligente. Su primer idioma era el inglés, pero creo que venía de Corea.
Fueron mis tiempos elegantes, cuando enseñaba pensamiento en castellano, en la Universidad de Princeton.
Con decir que Einstein y yo tomábamos el mismo camino para llegar al salón. Con años de diferencia, digo. Para eso es que sirve la relatividad.
No me dejen olvidar de contarles esa historia.
Bueno, pero lo que quiero decir es que la chica trataba de hacer bien las cosas en castellano, pero en sus frases se le colaban estructuras del otro lado.
Al final de una historia muy original, la chica contó que había caminado “hacia el éxito”.
Y caminé hacía el éxito.
¿Tendré que explicarlo? Si es así, no me pidan brevedad. Exit, en inglés, significa salida.
Pasa con frecuencia. A veces los estudiantes tienen pereza de buscar en el diccionario y se la juegan, suponen que la palabra que quieren usar es de aquellas que pasan del inglés al español con agregar una vocal.
Problem, problema.
Si has sido profesor de una lengua en un lugar donde predomina otra lengua, encuentras con frecuencia joyitas como ésa. Durante un tiempo me dediqué a coleccionarlas. Pensaba armar un libro con ellas.
Escribí una especie de poética. Llamé a la cosa Engliñol, porque me parecía que no era Spanglish. Pero después descubrí que la palabra ya se le había ocurrido a otro alguien.
Están en el aire, las cosas que se le ocurren a la gente en un momento determinado. Inventemos el teléfono. Inventemos el fonógrafo. Pongámosle un nombre a ese español hecho con estructuras de otros idiomas.
Recojamos esas joyas en un cofre.
“Hawái era una cosa de mis sueños”.
“Es común que las personas lloren tarde en el día, más que en la mañana”.
Pero el mundo distrae. Hay que trabajar. Vienen otras ideas. Escribe un libro así y asá. ¿Qué te parece esta idea?
También se me ocurren títulos. Centenares de miles de títulos.
Escribo mucho. La espalda duele, las piernas se endurecen, cuando uno pasa mucho tiempo escribiendo.
Voy a prepararme el almuerzo. Me desentenderé un poco de estas necedades hoy en la tarde. Dedicaré un poco de atención a las cosas del mundo para que no me tomen ventaja.
Torres… El apellido es Torres. Pero no consigo recordar el nombre.
¿Dónde? Ésa es otra pregunta.
He pasado mi vida pensando, soñando, temiendo, calculando que será en Sri Lanka.
Morir en Sri Lanka.
De ahí lo de Fa Hsien.
Pero además en el espacio más preciso. Un hospital, un auto, el mar. También las circunstancias. El órgano, el arma, la palabra.
En átomos volando. En medio de una pelea de caballos.
Una de las escenas más fascinantes que he visto en el cine está completamente olvidada: Elizabeth Taylor en medio de una estampida de elefantes.
Ocurrió en Sri Lanka.
Ahí también está Miley Haulani. Sólo dos películas. Poco más de tres minutos, su carrera cinematográfica. La de Miley Haulani, digo. En la película de los elefantes le bastaron segundos para dejar a la Taylor aplastada.
Autopía. Átrapa. Las dioptrías del cíclope. Una prosa ataráxica.
El 21 de febrero de 1871 sí fue un día de grandes noticias.
Pero bueno, empecemos desde el principio. Desde algún principio, digo.
Platón fue el que dijo “To be or not to be”. Pero, como dice Jorge Luis, ochenta años de olvido equivalen tal vez a la novedad.
Si eso es con ochenta, más de dos mil equivalen a la revelación divina.
Hay historias del pasado que quisiera contar de otra manera.
Empecemos cuando salí despedido del país de los colombios. Volando como un escupitajo.
Si alguno sobrevive, sabrá de lo que hablo.
Como escupa de sastre.
Propuesta para desaveriar el mundo.
“El mundo está equivocado”, pensó.
Pensó que Dios no era capaz de pararle bolas a tanta gente y, mucho menos, lograr que a todos les fuera bien. Pensó en varios dioses y los imaginó en problemas, complicando más las cosas. Pensó también que los errores tardaban generaciones en borrarse y que, por lo tanto, era necesario combatir los errores de hoy para que nuestros choznos tuvieran algún chance en este infierno…
A veces es preferible dejar el título solo.
Chozno, la palabra chozno. No he vuelto a encontrarla en ningún otro lado. Fue la respuesta que me dio mi madre cuando le pregunté qué había después de los tataranietos.
Uno estaría tentado a la cómoda inercia de suponer que la metralla continuaba.
Tataratataranieto.
Pero no. La palabra siguiente era chozno. Fui incapaz de preguntarle por la credibilidad de sus fuentes. Uno no va por ahí dudando de las cosas que le dijo su mamá. Ni los abuelos. Ni los bisabuelos.
Mi bisabuelo vivió ciento tres años. El de la historia del gigante y los caníbales. No me dejen olvidar. Una vez le oí preguntar que desde cuándo los segundos se dividían en décimas de segundo, que a quién se le había ocurrido ese disparate. Juró sobre una Biblia que los segundos se dividían en terceros y los terceros, en cuartos. Siempre he vivido con la sospecha de que tenía razón, pero que la humanidad entera, que entre cadenas gime, se olvidó del asunto en algún momento.
Cuando le pregunté si el chozno era el ancestro o el descendiente, clausuró enfática la charla: “Los dos”. Mi madre, digo.
Ya volvimos a la conversación con mi madre. Esto va para largo.
Pude haberle preguntado qué venía después, pero me detuvo la idea de que aparecieran palabras todavía más extrañas. Me consolé pensando que ni siquiera conozco la identidad de los treinta y dos choznos de los que soy un chozno.
Ese día escribí en un papel:
Perdón. Perdón, hijos míos. Perdón, hijos de mis hijos. Perdón, ustedes también, hijos de los hijos de mis hijos. Y ustedes, hijos de los hijos de los hijos de mis hijos. Y todos esos seres que luego han de llegar. Perdón, todos, por haber propiciado su llegada, si es que llegan; o si no, perdón por la esperanza frustrada de llegar.
Mis ojos te escogieron. Sólo ahora comprendo que tú no eras tú, sino la chica que estaba al lado.
A veces no es el título, sino sólo una frase.
Entonces pienso que decir más es empezar a decir menos.
SENTENCIA: Y al vivir el cumplimiento de su sueño morirán.
En una cabeza había una ciudad llamada Jaipur.
Te quiero mucho, poquito y nada.
Si son de una sola frase, los dejo sin adornos. Si son de varias, les pongo unas arandelas para que se entienda.
Qué pereza tener que explicarlo todo.
Un día de estos los dejo que se las arreglen por su cuenta.
Sembrad un árbol sobre mi tumba. Alguien pidió eso, yo no.
A mi quemadme y enviad mis cenizas a Sri Lanka por correo regular. Atención a Sunethra Rajakarunanayake. O a su hija, Ama.
Que me arrojen al viento desde la cima del Samanala Kande.
Y de paso perdonen por la caminada.
En fin, sigamos.
Aquellos discos de Bach. Nunca supiste lo que me gustaban.
Y el de música barroca.
El vendedor de fantasías era una maravilla. Merece un libro aparte.
“Traslado fragmentos de lo divino”.
Aquí se usa mucho la palabra meaning.
Meaning explica lo que se quiere decir, porque traducir no sirve.
¿Qué significa significado?
“Soy un bulteador de palabras”. Estas son cosas viejísimas. Las escribí en Aná, donde nací y viví los primeros veinticinco años de mi vida.
Aná es una ciudad situada en el valle de la muerte. Me referiré a ambos –la ciudad y el valle– de manera indiscriminada.
Las dejo porque ya están aquí. Las frases que escribí en el valle de la muerte, digo. Lo del bulteador que traslada fragmentos de no sé qué cosa. Pero el énfasis está en los años transcurridos en el país del sueño. No en los del valle de la muerte.
Nací en el valle de la muerte. Ironías de la vida.
No está, tampoco, en los casi diez años que viví en la ciudad de los crepúsculos. El énfasis, digo.
Tan linda. La ciudad de los crepúsculos, digo.
Dios sabe lo que hace.
“Nadie sabe cuáles son los énfasis para Dios”, dijo Borges hablando de las biografías.
A Dios rogando y con el mazo dando.
Godot ha llegado. Llamó del aeropuerto. Vendrá de un momento a otro.
Pobrecito el presente, no es capaz de estarse quieto ni un momento.
Basta ya de tonterías, Erlinda Sinisterra.
Trata de distinguir en la pared una confusa sombra que se mece en algo como la sombra de una silla y, si logras encontrarla, habrás visto el reflejo de lo que eres.
De todas maneras, quiero ir a la luna.
Un poco más allá del brillo de tus ojos… Nos faltaron tantas cosas, mi querida Yesenia. Si son pacientes conocerán más detalles sobre Yesenia del Río.
Poe era un gran tipo.
En el campo, una hierba diminuta, una gota de agua en ella.
“Bad art is immoral.”
Ni siquiera me atrevo a insinuarte que me ames. Soy consciente del daño que causo. Soy veneno espiritual.
Ahora desde lejos me pregunto a quién le hablaba.
Quizá a la mujer de los ojos oscuros y brillantes, pero nunca se sabe.
La luna. Hoy está llena. Parece un roto en el cielo. Uno camina por la calle queriendo caer en ella.
Quedas demasiado lejos.
¿Será posible que yo pueda volver a amar? Buena pregunta para mi amigo el I Ching, en cuyos misterios me inició el vendedor de fantasías.
“Ni torcimos su cuello, ni nada”.
Confirmado, los siguientes veinte años no he dejado de hacerlo. Amar, digo. Enamorarme al menos, digo. Con locura. Creyendo cada vez que era la última.
Bueno, lo admito, es otra forma de torcer cuellos.
Rara vez nos gusta estar donde estamos. Uno quiere estar donde no está. Si uno pudiera estar donde no está, es posible que fuera feliz. Pero también es posible que sienta nostalgia y tenga deseos de estar donde está.
“¿Qué haces Pasifae?” “Estoy tallando una vaca de madera”.
La claridad mostrando.
Un hombre que se dividió en dos que llegan a ser completos opuestos.
“Las personas están dispuestas a hacer el bien siempre y cuando hacerlo las beneficie”. Alejandro Dumas, El conde de Montecristo. “Pero se pondrán en contra tuya si eso llegara a salvarlas”.
El zumbido de las moscas de Tsao–Puh–Ying.
Ahora volvemos al futuro.
Los discípulos de Rembrandt, conscientes de la precaria situación económica de su maestro, pintaban monedas en el suelo del estudio. Cuando Rembrandt se inclinaba a recogerlas, creía que nadie lo veía.
Indignado porque alguien dijo que no pasaba nada en mi novela, decidí hacer un inventario. Eso fue antes de que la novela tuviera un éxito resonante.
Spoiler alert: una novela de Escritor tendrá éxito suficiente para elevarlo, por dos minutos, fuera del anonimato.
Antes hubo un editor que rechazó esa misma novela: “No pasa nada”. Quizá sintió la falta de secuestros, de carteles criminales y sicarios.
Unos ciegos que se internan en una selva para tratar de saber cómo es un elefante. Esa no es nueva, pero es oportuna y está bien contada. Montones de historias. Un hombre perdido en un desierto volcánico, sobreviviendo con las gotas de rocío que encontraba en el musgo. Un Quijote contemporáneo, con el sentido de la realidad trastornado de tanto leer pornografía. Un niño cuyo juguete favorito es un Stradivarius.
El fin del mundo, se llama. Mi novela, digo. La que caminó hacia el éxito. Está inspirada en un lugar preciso en Sri Lanka, donde el mundo se acaba.
Sri Lanka. Si no tienen prisa les cuento.


