En el trasmallo
Un capítulo de Ángeles somos, un viejo libro que jamás fue publicado.
El asunto fue tomando velocidad de crucero. Al principio pensó y descartó en un momento que la falta de experiencia la volvía vulnerable. Decidió vivir aquello sin recelo. Tenía experiencia en otras cosas. Su vida era un mosaico de logros que a los ojos de muchas la hacía envidiable. Pero le faltaba algo que, ahora sí, parecía haber encontrado.
Tendida en su cama, metida en la piyama rosadita después de darse un baño, con un libro en la mano y el portátil al lado, esperaba a que su príncipe llegara. La historia había empezado tres meses atrás. Quizá los primeros episodios habían ocurrido un cuarto de siglo antes, pero no era seguro. Recordaba haberlo visto vagamente en la universidad, pero le perdió el rastro: era demasiado niño en aquel tiempo para que le interesara. Carvajal había logrado lo que pocos: era el editor general de un portal de noticias para América Latina. Era una rara muestra de determinación, talento e inteligencia. Su voz era la voz de un imperio para todo el mundo hispano.
La entrevista había caído en sus manos por un golpe de suerte que, después, le pareció cosa del destino. Berenice le había hablado de este amigo que estaba de regreso, por un par de semanas, visitando a su familia. Le contó que, cada vez que venía, Carvajal la invitaba a cenar o a tomar un café o unos tragos. Dijo que alguna vez los tragos estuvieron a punto de traicionarla, pero que nada había ocurrido porque nada podía ocurrir y eso era asunto decidido: su esposo podía tenerla abandonada, pasarse meses encerrado en su taller pintando y sin preocuparse por saber de ella y de su hijo, pero que ella no pensaba traicionarlo. Le propuso a Judith que lo entrevistara, insistió en que a pesar de su edad aquel hombre tenía méritos para incluirlo en la serie de vidas ejemplares.
Judith tenía su número de teléfono, pero decidió llegar a él sin alertarlo. Carvajal tenía previsto dar una conferencia en la universidad y ella fue de las primeras en llegar al auditorio. Quería ver su rostro cuando le dijera que quería entrevistarlo, sabía por experiencia que el gesto que hacía la persona después de esa propuesta era más revelador que casi todo lo que dijera. Tomaba apuntes en su libreta cuando notó por el rabillo del ojo que alguien se le acercaba.
–Judith, ¿cómo estás? ¿No te acuerdas de mí?
La verdad, no la recordaba. Era una mujer pequeña, delgada, alrededor de los cuarenta, que podía haber conocido en cualquier lugar; pero empezó a suponer que tenía algo que ver con Carvajal. Dibujó el gesto de estar reconociéndola.
–Susana, no te esfuerces. Carvajal y yo íbamos dos años detrás de ustedes. Tal vez no me recuerdes, pero tú y los de tu grupo eran las luminarias. Eran locos, inteligentes, irreverentes. He oído que todos triunfan en lo que hacen.
–Pues, qué bueno volver a verte. Y qué bueno que vengas a ver a tu antiguo compañero.
–Sería el colmo que no viniera. Carvajal no tarda en llegar, está reunido con los organizadores del evento.
Judith contuvo el impulso de preguntarle qué relación había entre ellos.
–Y tú, ¿cómo has estado?
–Bien, muy bien. No me puedo quejar. Disfrutando a la familia y los amigos, antes de regresar a la niebla londinense. Gracias por venir, estoy seguro de que te recuerda.
Hablaba como si Carvajal le perteneciera. Judith decidió ponerse a trabajar.
–Quiero entrevistarlo, ¿crees que se pueda?
–Claro, no hay problema.
–No sé qué planes tenga para después de la conferencia. Me serviría mucho que la entrevista fuera hoy, podría publicarla el domingo abriendo la sección.
Susana miraba hacia la entrada del auditorio, parecía llevar un registro de los asistentes.
–¿Qué me puedes decir de él?
–Brillante, diferente. Tiene un humor corrosivo. Ahí lo tienes. Ven y arreglamos de una vez lo de la entrevista.
Carvajal se alegró al reconocerla y aceptó la entrevista con una tranquila cortesía y una mirada fija que le aflojó las medias. Judith agradeció la oportunidad de confundirse entre la multitud que lo escuchaba hablar de las ventajas de marcharse, de ver de lejos el lugar donde nacimos. Sintió que aquella voz poderosa y reposada se le metía por todos lados y agitaba las alas de miles de mariposas debajo de su ombligo. Mucha gente se acercó a hablar con Carvajal cuando terminó la presentación. Judith se sorprendió sintiendo celos de las estudiantes que daban saltitos emocionados frente a la celebridad. Entonces, decidió tener claro cuáles eran sus posibilidades.
–¿Y desde cuándo están casados?
–¿Quiénes? –dijo Susana–. No, nada de eso. Somos grandes amigos. Mi esposo es cirujano. Carvajal solía dormir en mi cuarto de huéspedes cuando discutía con su esposa. No sabes el alivio que me da que se hayan divorciado. Es demasiado bueno. Si no fuera tan brillante diría que es un bobo. Pero bueno, pasa a veces, hay gente que es brillante para unas cosas y completamente torpe para otras. A Carvajal nadie lo iguala en su periodismo, pero de las cosas simples de la vida no sabe nada. Sólo eso explica que se haya dejado enredar por esa harpía.
–¿Cómo hizo para enredarlo?
–Lo embarazó. Tú sabes. El viejo truco: “Se me olvidó la pastilla”.
Cuando el club de admiradoras de disolvió, caminaron a una de las cafeterías de la universidad. Susana los acompañó y era evidente que esperaba quedarse con Carvajal al final de la conversación. Judith decidió que esa entrevista requería de todos sus sentidos, que había muchas cosas en juego en ese momento.
El destino volvió a manifestarse a la noche siguiente. Culturales le había insistido para que fuera a ver la obra de una pintora que había muerto de cáncer. Esa noche inauguraban la muestra retrospectiva. Judith preparó la orden para el fotógrafo y dejó para más tarde la decisión de asistir. Después de cenar pensó que no estaba de ánimo para esperar una llamada que no recibiría. Le pidió a su madre que acostara a la niña y decidió caminar hasta la galería. La sorprendió que no la sorprendiera encontrar a Carvajal al lado de Berenice, la principal responsable de que se hubieran conocido.
–¿Recibiste mi mensaje? –después de los saludos, después de decidir que mostraría a la Judith despreocupada, optó por lanzar esa pregunta que quizá le revelara el interés.
–¿Mensaje? Lo siento –Carvajal le sonrió a la trampa y quiso prolongar el juego–. Por suerte tengo al frente, ahora mismo, a quien envió el mensaje.
Podía estar interesado, podía ser un jugador profesional, un coqueto incapaz de dejar pasar cualquier oportunidad. Decidió no arriesgarse demasiado y se refugió en una amistosa cercanía. Pensó, sin saber por qué lo pensaba, que era una suerte que Susana no estuviera allí para interponerse.
–Empecé a escribir el perfil como me recomendaste, sin recurrir a la grabación. Pero no conseguía recordar el título del libro que te marcó cuando eras niño.
–Un capitán de quince años.
–Ése mismo. Mil gracias. Te envié un correo electrónico.
–Esa es una de las ventajas de viajar. Consigue uno alejarse de la esclavitud con esos aparatos.
Berenice se dedicó a saludar personajes. Presentaba a Carvajal, repetía su biografía, se extendía en conversaciones y los dejaba solos a ratos. Carvajal miraba los cuadros, guardaba silencio, no parecía muy hábil para sostener una conversación. La elocuencia que tenía frente a un auditorio se esfumaba cuando sólo tenía al frente una persona. Judith comprendió que ese hombre era capaz de decir cosas interesantes, que sus respuestas estaban llenas de matices, pero que sería necesario que asumiera ella misma las riendas de la charla. Decidió callar a su lado, alejarse por momentos para indicarle al fotógrafo los grupos que interesaban, hablar con Carvajal sólo lo mínimo para mantener con vida ese contacto.
Cuando Berenice se cansó de saludar dijo que fueran a un bar que estaba cerca para hablar más tranquilos. Judith dijo que no quería dañarles la cita, que no quería ser un estorbo entre los dos. Pero ambos insistieron en que no se trataba de una cita en el sentido que ella imaginaba, que de veras sería un gusto que los acompañara.
Berenice ayudó a que la charla fluyera. Carvajal seguía siendo silencioso, pero las respuestas que daba eran ingeniosas, parecían comunicados emitidos por un equipo de redactores. Después de una cerveza, Judith volvió a despedirse. Pero la insistencia en que se quedara fue todavía más enfática. Poco a poco se vio aflojando las defensas, revelando su edad, hablando de las galanterías que recibía de hombres mucho más jóvenes.
–El fotógrafo que estaba hoy en la exposición no deja de echarme flores.
–Bien merecidas –dijo Carvajal–. Si fuera tu fotógrafo tendría un archivo secreto repleto de fotos tuyas.
–Es un amor –dijo Berenice–. ¿Y por qué no le paras bolas a tu fotógrafo?
–Me sentiría una asaltacunas. Los gringos llaman “cougar” a las mujeres que andan al acecho de hombres mucho más jóvenes.
–Como Demi Moore.
–Exacto. Yo no me veo en esas. Además tengo una relación estable.
Carvajal debió notar algo en el orden de la conversación, porque sus cejas se elevaron con gesto sorprendido. Alzó la jarra de cerveza y se escondió por un momento.
–Por cierto, hoy es nuestro cuarto aniversario.
–Bonita forma de celebrarlo –dijo Carvajal, antes de quitarse el bigote de espuma con el labio inferior–, cada uno por su lado.
Antes de tomar un taxi, Berenice y Carvajal acompañaron a Judith hasta la puerta de su casa. Caminaron sin prisa por un parque desierto. A Judith le divirtió el gesto alerta de Carvajal.
–No te preocupes caperucito, el lobo no está.
Se sentaron un rato en un banco. Rodeados de oscuridad y silencio, bañados por lámparas para nadie. Reían, bromeaban, jugaban. Carvajal volvió a preguntarse cómo habría sido su vida si se hubiera quedado, pero Judith lo sacó de la reflexión tomándolo del brazo, invitándolo a arrojarse por un deslizador. Cuando llegaron a la casa de Judith, los dos tomaron aire para hablar al mismo tiempo.
–Tu primero –dijo Judith.
–Sólo quería desearte un feliz aniversario.
Vieron venir un taxi. Como Carvajal se marcharía al día siguiente, se despidieron con la promesa de seguir en contacto. Berenice y Judith quedaron de hablar para reunirse ese fin de semana. Cuando Carvajal tenía un pie dentro del taxi, Judith le habló desde la puerta del edificio:
–Nunca te dije lo que iba a decirte.
–Algún día me lo dirás –dijo Carvajal.
Tardaron poco en volver a comunicarse. El domingo salió el perfil. Judith había atrapado el alma del personaje. Carvajal le escribió un mensaje agradecido, elogió su talento para captar sutilezas y para condensar muchas ideas en pocas frases. Habló de las prisas del viaje, del alivió de estar de regreso a lo que con el tiempo se había convertido en su hogar, y recordó con nostalgia la noche de la exposición, el paseo por el parque. También le recordó que algo se había quedado sin decir, dijo que la curiosidad lo estaba torturando. Judith le respondió que se lo diría cuando volvieran a verse, que esperaba que fuera pronto, y que la alegraba que le gustara lo que escribió.
Después de varios días de silencio, Judith comprendió que las cosas podían quedarse en ese punto si ella no asumía la iniciativa. Volvió a escribirle a Carvajal, le dijo que estaba tratando de seguir su consejo de no usar la grabadora, pero admitió que le costaba mucho, después de tantos años de utilizarla. Le envió el enlace a una crónica sobre el día de los muertos y le pidió su opinión. Así empezó un intercambio de mensajes electrónicos que se fue intensificando. Judith le dijo a Carvajal que estaba leyendo con mucho interés su libro de crónicas, que lo tenía en la mesa de noche, y Carvajal respondió que le parecía un honor estar con ella en la cama. Pronto surgió la idea de que se comunicaran por mensajes instantáneos. Judith le dijo a Carvajal que debía tenerle paciencia, que no era ninguna experta. Carvajal le fue explicando cómo instalar los programas y Judith resultó ser una alumna aventajada.
Dos semanas después de haberse despedido ya hablaban todas las noches. Al principio la comunicación era escrita. Se contaron sus historias, se fueron adentrando poco a poco en la convivencia. Judith confesó que su noviazgo había llegado a un punto muerto, que desde el principio habían decidido que cada uno tendría su propio espacio y que a veces pasaban semanas sin verse. Carvajal confesó que tenía una amiga con privilegios –que no era Susana– y que estaban en un punto en que las cosas se veían complicadas.
–El sexo, por muy claros que sean los términos, siempre termina involucrando sentimientos.
–¿Y tú la amas?
–Ese es el problema. Cuando las cosas empezaron traté de ser muy claro. Ella pareció aceptar que lo único en común era el sexo. Era como suscribirse en un gimnasio. Uno o dos polvos semanales nos mantendrían sanos.
–Pero ella tenía una agenda oculta, supongo.
–“Yo lo cambio”, ese canto de batalla que montones de mujeres lanzan a toda hora.
Carvajal y Judith decidieron terminar las relaciones que cada uno tenía por su lado y dedicarse el uno al otro. Hablaban todas las noches después de cenar. Hubo fiestas embriagadas de fines de semana. Algunas conversaciones se prolongaron hasta la madrugada. Carvajal advirtió sobre los riesgos de una relación virtual. Por experiencia propia, habló del cansancio, de la desolación que ataca a los amantes después de algún tiempo.
–Es terrible cuando descubres que han pasado meses sonriéndole a un aparato y que a la persona con quien hablas sólo la has visto unas horas.
Judith lo tranquilizó. Le dijo que lo importante era que sacaran el mejor provecho de las condiciones que tenían y que esperaran con calma a que viniera algo mejor. Hablarle a la pantalla de la cámara no le molestaba. Durante sus años de presentadora de noticias se había acostumbrado a fijar la mirada en objetos, a imaginar otras miradas más allá de los cristales.
La relación se fue consolidando con muy pocos desencuentros. Dos meses después ya hablaban de compartir la vejez juntos, aunque todavía no decidían quién de los dos tendría que dejar la vida que tenía. Los gestos frente a la cámara se hicieron más atrevidos. Del striptease discreto pasaron a la escena en la ducha, a la desnudez mutua, todo aquello acompañado con completas descripciones de lo que les gustaría hacer.
Para Judith, una relación así parecía tener muchas ventajas. Cuando pensaba en la posibilidad de vivir con otro hombre sentía que, por muy considerado que fuera ese hombre, su presencia alteraría la vida tranquila que había construido con su hija y su madre. En una relación virtual, por el contrario, no hacían falta discusiones o portazos, ni despedidas patéticas, ni resultaba necesario soportar la soledad en compañía. Bastaba un solo clic para que el hombre desapareciera de su vista, de su vida, sin alegatos estériles y dañinos. Un amante virtual era perfecto: no comía, no bebía, al menos no en su casa, no ensuciaba platos y jamás dejaba la toalla mojada encima de la cama. Sólo era cuestión de cerrar el portátil y asegurarse de que quedara bien guardado.
Después de lo que llamaron “el primer polvo”, Carvajal había confesado que se sintió vacío y solo cuando apagó el computador. Pero Judith lo tranquilizó, le dijo que aquello que estaban viviendo era extraordinario, que después de haberse creído muerta en vida, anestesiada y cerrada para siempre a las dichas del sexo, había llegado por fin a sentir un orgasmo.
–Sentía que me moría, el corazón estaba a mil y no me asustó la idea de morir en medio de tanta dicha.
Carvajal decidió acompañarla hasta donde las fuerzas le alcanzaran. Fue él quien le sugirió que se consiguiera un vibrador. Judith se veía radiante, con la vitalidad recuperada. Estaba sorprendida con todas las cosas que no había explorado. La empleada del sex-shop notó su inexperiencia y le recomendó que le pusiera condón al vibrador. Sonrió frente a su gesto desconcertado:
–No querida, no hay riesgo de que el vibrador te deje embarazada o te contagie. El condón es por la lubricación.
Estaba tan entusiasmada con todo lo que pasaba que no notó el desfallecimiento al otro lado de la cámara. Le preguntaba a Carvajal qué quería ver y se lo concedía. Se expuso frente a la cámara como nunca lo había hecho frente a otro hombre. Se acarició, se abrió, se penetró, expuso sin reservas la humedad desbordada, se vino muchas veces frente a unos remotos ojos enrojecidos.
Nunca supo en qué momento aquel hombre dejó de mirar. Fue notando la ausencia después de unas noches de espera infructuosa en la cama impecable.

